Entre las historias que pueden esconder los bloques de edificios y el asfalto, Santa Cruz de Tenerife encierra una peculiar escena rural que se repite cada tarde. Un rebaño de cabras, cuyas circunstancias lo han llevado a vivir en la urbe y cuyas costumbres distinguidas se alejan ya de las de un simple corral, atraviesa el seno de la ciudad por un conocido barranco. El dueño del rebaño, don Juan, lleva años sin empleo y ha resuelto ocupar el tiempo en cuidar de sus animales sin salir de la capital. Su amigo Manuel y Luna, su inseparable perra pastora, colaboran en la tarea.


Su palo, su perro y su rebaño. Don Juan no ha necesitado mayor aliciente para su paseo de las tardes desde que se quedara en paro en el año 2009 y decidiera dedicar gran parte de su tiempo y dinero a cuidar un grupo de cabras. Las fue comprando poco a poco hasta llegar a tener cerca de cien. ‘Y eso que he tenido que quitar algunas. Son demasiadas y cuesta mantenerlas’, afirma mientras vigila que una de sus chivas no pase al jardín de una vecina.

Nacido en La Gomera, en una zona rural del pueblo de Valle Gran Rey, Juan Barrera creció entre animales y corrales y de ahí le viene su afición. ‘Es que antes no había otra cosa. En las casas había animales para poder comer. A veces no había ni qué ponerse en los pies’, cuenta con cierto tono nostálgico. Tras pasar catorce años en el ejército, Juan decidió dedicarse a la construcción, que por esa época era buen negocio. Durante veinticinco años, su empresa fabricó innumerables viviendas en las islas, sobre todo en Tenerife. ‘Fueron tiempos de prosperidad económica’, asevera con resignación ante la situación actual. Su empresa contaba con más de 400 empleados entre la oficina y el terreno. Sin embargo, la historia de España parecía haberse propuesto cerrar hasta nuevo aviso el capítulo del bloque. Las construcciones de Juan fueron siendo cada vez menos. El fin de una obra ya no daba paso al comienzo de la siguiente. Crecían los finiquitos por firmar y mermaban las posibilidades de crecer. En esta tesitura, se vio obligado a cerrar su empresa aunque hoy en día conserva algunas propiedades que ha arrendado y no tiene deudas. ‘Por eso puedo dormir tranquilo cada noche. Tengo camiones y grúas parados, pero no le debo nada a nadie’. Este vecino de Santa Cruz reconoce que tal y como están las cosas, no se puede quejar. Vive con su familia en la zona alta de Santa Cruz y hasta se puede permitir mantener su pequeña granja no muy lejos de casa.

El rebaño de don Juan no es un rebaño cualquiera. Sus cabras, sus machos y hasta alguna que otra oveja, como si se tratara de un grupo de adolescentes con monopatín, salen cada tarde a pasear por la ciudad. El Barranco de Santos es su patio de recreo. En invierno un poco más verde y en verano algo más seco. A ellas les da igual. Siempre encuentran algo que llevarse a la boca y estiman buena la ocasión para salir del corral a estirar las patas un rato. Su paseo diario dura de cuatro a cinco horas y cruza un largo tramo de la capital por el barranco. Al llegar a casa, todas toman su tercera ración del día de mezcla de alfalfa, maíz y trigo y descansan toda la noche para dar la mejor leche a la mañana siguiente. Antes siquiera de que asome el sol, Juan comienza a ordeñar a sus cabras, muchas veces acompañado por Antonio, un viejo amigo. ‘Alguna vez he pensado en quitarlas y dejar dos, como tenía al principio, para la leche de la casa, pero luego me da pena’, mantiene Juan, pues gasta más de 150 euros a la semana sólo en raciones. Con la leche que recoge cada día hace quesos que reparte a su familia y amigos.

Desgraciadamente, hace años, Juan sufrió un ictus y, desde el verano del 2012, padece mareos por lo que necesita ayuda para mantener a sus animales. Desde entonces, Manuel Gil, antiguo trabajador de la empresa constructora de don Juan, se encarga muchas tardes de sacarlas a pastar. Manuel nació y creció en Santa Cruz y su afición por los animales comenzó de niño. Desde los ocho años, recuerda que el padre de un amigo suyo les llevaba a pasear al campo con sus cabras y ovejas. De mayor, Manuel alternó el pastoreo con el trabajo en la constructora y hoy en día, que se encuentra en paro, expresa casi gratitud por poder, sin salir de la ciudad, dedicar un rato a lo que más le gusta: pasear con el rebaño. Dice que a cambio, Juan le proporciona leche, carne o un queso de vez en cuando. ‘Si encuentro un trabajo será distinto, pero mientras esté sin hacer nada en casa, prefiero venir y pasar la tarde con los animales’, asegura Manuel y lanza una pequeña piedra al muro al que intenta subirse Pimentera, una de las más inquietas. Los pastores desarrollan una puntería excepcional y las chivas parecen entender perfectamente que si una piedra rebota a su derecha, ellas deben ir a la izquierda.

Cada tarde salen Coruja, Pelota, Maravilla, Cuervita,… y la vigilante Luna, una pastor alemán, que no se pierde un paseo por nada del mundo. Luna fue encontrada en la zona costera de Benijo en Santa Cruz, estaba abandonada. Juan la llevó al veterinario, pues sufría una enfermedad y, tras 25 días con sueros, Luna llegó sana y salva al que ha sido su hogar durante todo este tiempo. Fue entonces, en el año 2007, cuando empezó a estudiar las artes del pastoreo. En la actualidad, es toda una experta en el oficio. No permite que el rebaño se disperse, anima a las rezagadas, frena a las que quieren ir las primeras y no se aparta de su dueño, al que obedece sin objeciones. Si una se aleja un poco del grupo, basta indicarle con un brazo: ‘¡Luna! ¿Qué pasa allí? Vete a ver qué pasa’ y ella se encarga. Como buena pastora pone orden en el rebaño, pues se ha ganado su respeto, aunque también lo protege y defiende con su gruñido ante cualquier intruso que se acerque. Juan la mira orgulloso ‘me han ofrecido hasta 3.000 euros por ella y no la he vendido, ni la vendería’, afirma mientras le rasca la cabeza.

La historia de don Juan habla de una dedicación desinteresada por los animales que nace con su educación. De una empresa que quiebra por la coyuntura económica del país con el consecuente aumento del desempleo en la zona. De un rebaño urbano que desprende ruralidad en medio de la ciudad y que para algunos puede parecer el preludio de un futuro en el que haya que recurrir a la ganadería, no ya por hobby, sino por necesidad.