Año y medio en el infierno

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La primera vez que me torturaron perdí la piel de mi espalda. Incluso trozos de carne.

Cuando uno está en una prisión siria tiene que olvidar su condición de ser humano para poder sobrellevar la vida allí dentro.

Yo vivía y trabajaba en Alepo y un día llegaron unos hombres, me taparon los ojos, me ataron las manos y me tiraron al suelo. Luego revolvieron todo mi despacho. Se llevaron mis papeles, mi móvil y todas mis cosas.

Me metieron en la parte trasera de un coche y uno de ellos me puso su pierna en la cabeza y no la quitó hasta que llegamos a la prisión.

Al llegar me empujaron al interior de una habitación de 60 x 60 cm sin luz, sin baño. Tres días con la puerta cerrada. Cuando empezaron a interrogarme, me ataron de brazos y piernas a lo que llaman “la alfombra voladora”. Una especie de tabla que se puede doblar, formando una ele las piernas con el tronco y con los brazos en cruz. Ellos eran cinco y estuvieron horas pegándome y haciéndome preguntas.

Después me enviaron de nuevo al habitáculo.

Poco más tarde, me metieron en una habitación de 5 metros cuadrados junto a unas 70 personas más con quienes me trasladaron de Alepo a Damasco en un contenedor de metal que no abrieron durante las cinco horas de viaje. Una vez llegamos, nos metieron en una habitación bajo tierra de 1,40 metros de alto y menos de 1 metro de ancho. Sin baño, por supuesto.

Pasamos 24 horas escuchando los gritos de gente que estaba siendo torturada. Escuchábamos quejidos y gritos de mujeres y niños.

A veces traían a familias enteras y los encerraban separados. Los niños pasaban las noches enteras llorando.

Estuvimos 3 meses en esa habitación sin luz ni baño. Sufríamos de enfermedades en la piel, incluso algunos sangrábamos ya. Y cada día nos amenazaban con traer a nuestras familias y torturarlas.

Cada día moría alguien.

Cuando entramos a prisión en Damasco éramos 2.200 personas. Después de los 3 meses solo quedábamos 800. Por el dolor, por el hambre, por las enfermedades.

Traían para desayunar 3 aceitunas manidas para cada uno y para almorzar 3 panes y dos cucharadas de arroz a repartir entre siete presos.

Después nos enviaron a otra prisión conocida como “Prisión Palestina”, que es como Guantánamo. Bueno, Guantánamo será mejor, seguro.

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Silueta del protagonista desde la ventana de su piso. (Andrés Gutiérrez/Co-report)

Nos metieron a 130 personas en una habitación de 6 x 5 metros. La mayoría íbamos en ropa interior. El suelo, de tierra estaba empapado de nuestro propio sudor.

Nos quedamos allí 9 meses.

Algunos presos estaban allí por simpatizar con la oposición. Otros simplemente por error. Una de las chicas había ingresado por haber puesto me gusta a una página de Al Jazeera en la que un periodista había hablado mal del gobierno. Había gente dentro de aquella celda que ni siquiera sabía el nombre del presidente. No tenían nada que ver con política, ni con revolución.

Uno de ellos ya fallecido, natural de Homs pero residente desde hacía tiempo en Damasco, se dedicaba a bailar. Le gustaba salir a bailar. Una noche de camino a casa lo arrestaron y lo acusaron de ser el líder de un grupo de la oposición, solo por ser de Homs. Lo torturaron mientras le preguntaban “¿quién está contigo?” y el pobre hombre comenzó a dar los nombres de sus amigos, cuñados y compañeros, esperando que alguno de ellos al llegar aclarase y solucionase la situación pero no fue así. Ahora él está muerto y de los demás, desde que los encerraron en prisión, nadie sabe nada.

En todo este tiempo no pudimos ver la cara de ninguno de los hombres que nos custodiaban. Nos hacían mirar a la pared cada vez que uno de ellos entraba. Un día, uno de los muchachos se giró por error y se lo llevaron y le dieron una paliza que su cara quedó irreconocible. Se aseguraban de que nadie quisiera girarse a mirarlos.

Para los musulmanes, después de Ramadán llega el Eid Al-Fitr, en el que compartimos comida y celebramos el fin del mes de ayuno. Nos habían prometido un premio para ese día y debíamos elegir a 25 para recibirlo. El premio fue una serie de golpes en la alfombra voladora a cada uno.

Nos insultaban. Nos apagaban los cigarrillos en la piel. Ponían azúcar en la espalda de algunos presos y les echaban agua hirviendo. Han salido fotos publicadas de los cuerpos torturados en las prisiones.

Para sacar fuerza cada día pensaba en mis hijos. Pensaba en mi madre y en su tristeza. Pensaba en que estábamos en el bando de los buenos. Recordaba a Nelson Mandela que aguantó más de 20 años en prisión y lo hizo porque su convicción era fuerte.

Les conté a los demás presos en voz baja la historia de Nelson Mandela del día que se negó a soplar sus velas de cumpleaños pues decía haber gastado más de media vida para conseguir encender una luz. “Él no es mejor ni peor que ninguno de nosotros”, les dije.

Texto Sheila Torres